Aquí y ahora
Han pasado catorce años desde que me dio el infarto cerebro vascular. Es como una fecha límite, un morir de alguna parte de mi que era necesaria, imprescindible. Yo creí que en ese tiempo iba a ver mejoras pero es una falacia que me trajo aquí y allá pero nunca tuve la menor opción de llevar la vida como yo estaba planeado, el destino que me imaginaba ya no era. Llevar con cierta gracia lo que a mi me toca (o ninguna). Muchas veces me dejó llevar por el jardín, la tele, un libro o cosas manuales y todo está bien, pero otras, que todo me parece que está ahí para ser visto. Lo veo a cada rato. Muchos años creyendo que estaba discapacitada, incluso de-mente, pero lo sospeché desde un principio, las neuronas se murieron, sí, pero hay otras que vienen naciendo a cada minuto en mi mente, me cuelgo de ahí para saber hasta donde llegan. Sabes cuando estás blanco. La vida entera puede ser así, incluso sin ataque cerebrovascular. Me dolió siempre. La sonrisa se me fue apagando. La frustración se quedó atrás, eso quiero. Tengo que sacar mi existencia a pesar de mis contactos, de mis visiones, de la realidad. La cosa se me ha puesto muy difícil, casi invivible. Más de lo que yo creía, mi existencia no ha podido creer ésto. Pero no nos demos más con una piedra en mi cerebro, que ya tengo un forado y está provocándome la muerte.
